jueves, 9 de noviembre de 2017

UFO

Instintivamente me puse en pie, no podía comprender qué me estaba sucediendo. De repente me había invadido una oleada de calor mareante y espesa que me sobresaltó. Una especie de flujo electrizante y enérgico me recorrió la espalda de abajo a arriba e hizo que todo mi cuerpo se estremeciera durante unos segundos, como si una mano invisible me estuviera zarandeando vehementemente. Mis manos comenzaron a temblar ateridas de frío, a pesar de haber estado sentado unos minutos antes frente al fuego de la chimenea.
Anduve unos pasos vacilantes por la habitación sin saber muy bien qué hacer ni a dónde dirigirme, y un miedo sobrecogedor se apoderó de mí. Pensé que me desmayaría irremisiblemente o, peor aún, que había llegado mi hora, e iba a morir de un momento a otro irremisiblemente.
Tambaleándome conseguí recorrer los escasos cinco metros que me separaban del dormitorio. Cuando llegué ante la cama caí de bruces, desplomándome sobre ella exhausto, y un dolor punzante e intenso en la frente me obligó a cerrar los ojos. Me sentía fatal y no comprendía qué me estaba pasando. Para no entrar en pánico hundí la cara en la almohada e intenté tranquilizarme. Puede que inmediatamente después me quedara profundamente dormido o, quizás, lo que sucedió es que perdí el conocimiento; no sabría decir qué me sucedió exactamente.
Cuando volví en mí tenía la sensación de que solo habían transcurrido unos segundos, pero también podría ser que hubiese permanecido en aquel estado de inconsciencia varias horas.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para incorporarme lo suficiente como para conseguir girarme y tenderme boca arriba sobre el colchón. Cuando lo conseguí, por fin, abrí los párpados lentamente: los pocos objetos que alcanzaba a ver se difuminaban ante mí en un color rojo pálido y daban vueltas y más vueltas alrededor de la habitación, sin detenerse nunca, como si hubieran caído dentro de un torbellino incesante.
Tenía la frente empapada en sudor y sentía en el paladar un intenso sabor metálico y ácido.
Volví a cerrar los ojos y permanecí inmóvil durante unos pocos segundos. El silencio era absoluto a mi alrededor, excepción hecha de un persistente zumbido grave y próximo que me recordaba al sonido que produce la corriente eléctrica al vibrar en cables y transformadores, pero de dónde podía proceder aquel ruido, nunca antes había escuchado nada que se pareciera a aquel extraño sonido en las inmediaciones. A aquella cabaña abandonada, situada en el centro de la explanada que se extiende sobre la meseta del Ojnarán, no llegan ni veredas ni caminos, ni mucho menos carreteras.
El núcleo urbano más próximo se encuentra a más de cuarenta kilómetros, y la única vía de acceso conocida, para alcanzar aquel paraje, es un despoblado e intransitable cortafuegos de montaña jalonado de losas de pizarra semienterradas y bloques quebrados de granito, que exhiben sus afiladas aristas surgiendo del terreno como amenazantes navajas capaces de hacer desistir de su empeño al explorador más temerario. Además, aquel desfiladero infernal termina de forma abrupta en una pared natural muy escarpada, inaccesible para los pocos excursionistas y senderistas que consiguen llegar hasta ella, y por supuesto para alcanzar la cima de la impresionante roca, que se eleva verticalmente sobre el terreno a más de cincuenta metros de altura, es preciso ser montañero experimentado y disponer de un buen equipo de escalada.
Por esta razón nunca antes, durante los once largos meses que llevaba viviendo solo en el lugar más aislado del mundo había visto a nadie, ni había oído otros sonidos que no fuesen los trinos de las aves que anidan en los árboles que circundan las explanada; los silbidos del viento ululando entre las ramas y colándose a borbotones por los resquicios de de la puerta y las desvencijadas ventanas de la cabaña; o el obstinado y adormecedor murmullo de un hilillo de agua clara y sabrosa que brota sin cesar de las entrañas de la tierra sobre una pileta natural de caliza y luego fluye por un somero cauce, serpenteante y famélico, bordeando la cabaña por su lado sur y acaba despeñándose en una diminuta cascada, sobre una laguna que el agua y el tiempo formaron  al pié del promontorio.
Mis oídos, después de tanto tiempo, se habían desacostumbrado a los ruidos molestos e insalubres de la ciudad. Ahora, por suerte, solo percibían de vez en cuando el ruidoso e insistente golpeteo de la lluvia repiqueteando sobre el viejo tejado o, como mucho, los sobrecogedores truenos de un par de dantescas y aparatosas tormentas a principios del verano pasado.
Además, tampoco podía tratarse de un zumbido eléctrico, pues el trazado de la línea de alta tensión más cercana discurre a más de dos kilómetros al noroeste. Ni, por supuesto, a algún artilugio humano motorizado, porque no hay ninguna carretera, camino, vereda o sendero que llegue hasta aquel perdido lugar de la sierra.
Volví a abrir los ojos. Un intenso y vibrante destello luminoso, proveniente del exterior, penetraba en la habitación a través de los cristales de la ventana inundando de un resplandor color rubí las paredes y los muebles, que refulgían como metal al rojo vivo.
Mientras mi cerebro trabajaba frenéticamente para intentar encontrar una explicación coherente a lo que estaba sucediendo me puse en pie indeciso. Estaba aterrorizado, pero tenía que ir a mirar qué estaba sucediendo afuera.
Entonces escuché un terrible impacto, algo parecido a una gran explosión, y la tierra comenzó a temblar fuertemente. Varios objetos cayeron de las estanterías y las maderas del techo y las paredes crujieron como si la cabaña se fuese a derrumbar. Instintivamente me refugié bajo la cama, por si el techo cedía; era de esperar que si caía sobre mí alguna de las pesadas vigas que soportaban la cubierta del cobertizo, el colchón amortiguaría el golpe.
Unos segundos después el terremoto cesó. Dejó de oírse el penetrante zumbido y la espesa luz roja desapareció.
Salí de debajo de la cama y corrí hacia el exterior en busca de la seguridad del campo abierto, pero no llegué a atravesar el porche, ¡no pude!, me quedé petrificado justo al rebasar el umbral de la puerta, sin dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo: a unos cincuenta metros ante mí, justo en el centro de la explanada, se erguía estática una colosal esfera de color gris brillante que parecía levitar a un par de metros del suelo. Me pareció que debía ser de metal, de alguna rara aleación. El artefacto se veía desdibujado y borroso, como si estuviese apareciendo y desapareciendo continuamente.  En la parte superior de la inmensa bola, multitud de hileras de débiles haces de luz amarillenta parpadeaban sin cesar y desde la base hasta su cenit se observaban unas figuras romboidales, regularmente distribuidas por todo el perímetro de la esfera a modo de grandes gajos de naranja de color rojo, que brillaban en la oscuridad.

 …///…

lunes, 30 de octubre de 2017

domingo, 7 de febrero de 2016

El entierro del siglo.



Pepe Paco, entre otras cosas innombrables, era un tarambana, un manirroto y un vicioso empedernido. No sabría deciros si invertía más tiempo rondando en paños menores por los pasillos del lupanar de su amiga Mati, o meneando naipes y escanciando chatos en el local de enfrente, al otro lado de la Plaza del Altozano, en el bistró de Fifí, una pequeña y acogedora taberna regentada por un conocido gabacho al que todos conocían por el apodo que le colocó Don Benedicto Mariano de los Santos Iglesias, el párroco de Santa María del Bombo, jesuita y políglota a la sazón, que fue quien le endilgó al galo, nada más verlo por primera vez, el sobrenombre de  Pierre le Faggot, para los amigos Fifí.

lunes, 25 de enero de 2016

El resurgir de Alba






Alba era para Andrés lo que un intérprete es a un compositor. Comprendía con exactitud matemática los cambios que se producían en el estado de ánimo de él y podía descifrar la melodía que manaba de su alma leyéndola, como si de una partitura musical se tratase. Siempre conseguía conjugar su cambiante tempo, ya fuese este piano, andante, allegro o prestissimo; aunque fuese tan inestable que, a veces, resultase casi imposible de seguir. 
Después de tantos años había comprendido tan profundamente el ritmo cíclico de su violenta sinfonía, que ya era capaz de rellenar los angustiosos silencios y las eternas ausencias de él con pasajes viejos de amor y recuerdos. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Ni "nóbel" ni "rádar"... sino todo lo contrario.




Aprovechando que en sólo unos meses se darán a conocer los premios Nobel del presente año 2017, os comento que, según el Diccionario de la Real Academia Española, en el idioma castellano no existe la palabra *nóbel*.
Sí aparece en él, sin embargo, el vocablo *nobel* (pronúnciese como *papel*) cuya definición expresa el DRAE con dos acepciones:

1. [m. Premio otorgado anualmente por la fundación sueca Alfred Nobel como reconocimiento de méritos excepcionales en diversas actividades.]
2. [com. Persona o institución galardonada con este premio.]

Aunque, en principio, hemos de reconocer que el término hace referencia al apellido del ilustre científico Alfred Nobel, y puesto que los apellidos, máxime si son extranjeros, gozan de cierta flexibilidad en su acentuación y pronunciación, no debemos olvidar que, no obstante, dicha palabra *nobel* está recogida y catalogada en el DRAE y por tanto tipificada su correcta dicción para todos los  hispanohablantes. 

Es patente que existe una empecinada reticencia por parte de algunos divulgadores, medios de comunicación y otros, a pronunciar esta palabra correctamente (acentuando la "e" en vez de la "o"). Y el caso es que, existiendo otra palabra que se escribe igual (pero con -v-), véase *novel*, (adjetivo cuyo significado es: "que comienza a practicar un arte o una profesión, o tiene poca experiencia en ellos") y dado que ambos vocablos se pronuncian igual (con la misma sílaba tónica), sería de esperar que el conocimiento de la pronunciación de la segunda (novel), mucho más familiar, común y prosaica que la primera (nobel), debiera facilitar, a quienes hacen de la palabra hablada y escrita su profesión, el conocimiento la correcta pronunciación del nombre de este famoso galardón.

***
Tres cuartos de lo mismo sucede con otra palabra, muy de moda en la actualidad, que vincula la velocidad de los vehículos con la economía familiar o, como antiguamente se decía, la velocidad con el tocino; me estoy refiriendo al término *radar*. 
Aunque este término provenga del acrónimo de la expresión inglesa "radio detectión and ranging" también está recogida en el DRAE y, como nobel, tampoco lleva tilde el nombre de este maldito artefacto mediante el cual la DGT expolia a los amigos de la celeridad vehicular en carretera. 
Sin embargo, también en este caso, se suele pronunciar con asiduidad "rádar" (dicho como dólar), cuando lo correcto, en castellano académico, es "radar" (declamado como nadar).

¡¡¡ Tengámoslo en cuenta, por favor !!!

martes, 29 de septiembre de 2015

Unos párrafos de mi novela "Rufo"

Hoy Monti entró en nuestra habitación a toda velocidad, echó dos vueltas de llave y se lanzó sobre mí en plancha. Sin darme tiempo a reaccionar me tapó la boca con una mano y con el índice de la otra gesticuló con vehemencia pidiéndome que guardara silencio.
Debían de haber transcurrido treinta o cuarenta minutos, a lo sumo, desde que acabamos de comer. Yo, como siempre, tras tomar el último bocado había subido al cuarto para echar una cabezada. Ya sabes, querido diario, que eso es lo que hago todos y cada uno de los santos días aunque caigan chuzos de punta. Desde luego lo último que esperaba hoy es que nadie, ni siquiera él, viniera a fastidiarme el momento más placentero del día.
Además, Monti no es de siesta, ni de sofá. A él se lo comen los nervios si tiene que permanecer echado en un colchón o sentado en una silla durante mucho rato. La verdad es que ¡nunca para quieto! 
Después de comer, si hace frío o llueve, suele quedarse en el salón grande, jugando al pañuelo o a las peleas con los demás chavales. Cuando hace calor, como ahora, baja al río a bañarse o zascandilea solo por los campos en busca de emociones.

martes, 17 de marzo de 2015

El brillante de Cuevas de la Maganta.



 (Algunas líneas de un capítulo de mi novela, en ciernes.)

Avelino era alto, desgarbado y seco como un palo y, aunque era más bien guapo que feo, daba un poco de miedo mirarle a la cara porque, estando en penumbra, sus vivaces ojos verdes refulgían como si tuviesen brillo propio, y si lo mirabas a plena luz, sus diminutas e inquietas pupilas negras se te clavaban en el sentido e intimidaban al más pintado.
Seguramente era por esa mirada suya, tan apabullante y siniestra, por lo que le llamaban el Gato, aunque es de suponer que algo tendría que ver también la barba con la que adornaba su faz: una especie de perilla rubia y lacia acabada en dos mechoncillos casi blancos, como los que tienen las chivas de los linces ibéricos, la cual, junto con sus taimados ojillos, otorgaba a su semblante un marcado aire astuto y ladino.
El Gato vivía con su madre, María Juana Pacheco, apodada la Rica porque tras enviudar a los treinta y dos años de edad heredó de su marido, Manuel Fonseca, más conocido como Manolillo el del Brillante, una finca de olivos hermosísimos y generosos, de esos que a poco que les caigan cuatro chaparradas, cómo y cuándo es menester, son capaces de echar doscientos kilos de aceitunas. 
El olivar, en verdad, era una bendición, a pesar de que Paca, la Rata, amiga íntima de María Juana desde la infancia, se empeñase en que aquella finca estaba maldita y le hiciese malas tripas a la viuda con la pretendida agorería; decía la buena mujer que Manolillo había muerto tan joven por haber comprado aquel campo.

lunes, 9 de marzo de 2015

lunes, 12 de enero de 2015

Cuatro patas para un banco.



Un pájaro se posó
sobre la testa de un gato,
y mi perro, desde la casa,
los miraba todo el rato.



El maullador pregunto al perrillo,
asustado y timorato,
si a él le parecería bien
llevar sobre sus lomos a un gato,
y como el perro dijo que sí
subiósele encima ipso facto.

jueves, 4 de diciembre de 2014

La senectud de la rosa roja




Una rosa roja lloraba muy compungida.

Se lamentaba la flor, en el ocaso de su vida,

de haber perdido su belleza, su fragor, su lozanía. 

¿Qué fue de las abejas que yo otrora atraía?

gritaba la flor angustiada y dolorida,

¿dónde están ahora mis bellas mariposas?,

¿qué fue de las libélulas?, ¿qué de las mariquitas?,

que no me acarician más desde que estoy marchita.

Yo ayer era la reina del jardín, de entre todas la preferida,

de los dueños de esta floresta la más querida.

Hoy maldigo al reloj del tiempo, que no cesa,

 y a la belleza, que de mí se olvida. Eso decía.

Y el rosal que la acunaba, que hablar así la oía,

le dijo a la rosa roja de sus entrañas nacida:

Rosita, hija, no te aflijas más, querida,

que tus hermanas: mis hijas, y las hijas de sus hijas,

todas ellas envejecerán un día,

y como tú, que siendo joven fuiste tan bonita

y después menos bella, aunque sabia entonces de la vida,

así les sucederá a ellas. Y a las que ahora tu envidias,

te lo aseguro mi cielo, las dejarán de envidiar un día.

Otras vendrán que las harán a ellas viejas y malqueridas.

Porque eso, hija mía, es lo que acontece siempre: es ley de vida.


Autor: Dimas Luis Berzosa Guillén.





viernes, 7 de noviembre de 2014

Pasaje del Diario De Abordo de la nave ECAP.


En Krim-Krum existe la vida. Las criaturas más evolucionadas de este lugar son los srewolf, unos seres de color verde oscuro, temblorosos y ligeros, que se desplazan moviendo dos apéndices terminados en una suerte de hojas lobuladas que apoyan sobre el suelo con alternación. Un par de largos y flexibles zarcillos prensiles, que les brotan del tercio superior del tronco, rígido y hueco, les sirven para manipular y asirse a su mundo. Y sus cuerpos están rematados por una especie de cabellera, unos llamativos cúlmenes peludos, enmarañados y  rojizos,  a los que llaman stoor. 

jueves, 2 de octubre de 2014

ROBÁNDOME EL ALMA.



El viento mece a los álamos, y los perros ladran fuera.
Hoy huele a tierra mojada,  como ayer.
Ahora llueve a lo lejos, y cayó la noche otra vez,
mientras yo me aferro al néctar de tus besos.


miércoles, 16 de julio de 2014

Desaparecido en Lyon.

Breve fragmento del segundo capítulo de DESAPARECIDO EN LYON (novela).

Arturo tendría unos cincuenta años de edad. Su mirada profunda, y el brillo especial de sus expresivos ojos azules, hacían que pareciera mucho más joven.
Exceptuando su pelo, que ahora era cano y escaso, a Adela le pareció que no habían pasado los años por él. Además, estaba mucho más delgado, lo que le hacía parecer más alto. 
Vestía una magnífica camisa de seda blanca, seguramente hecha a medida a juzgar por lo bien que le quedaba, adornada con un par de bonitos gemelos de oro con pequeños granates engastados y un sujeta corbatas a juego, con un águila dorada en el centro, que lucía imponente sobre una magnífica corbata de raso negro surcada por finas líneas multicolores. E iba enfundado en un caro y flamante traje de color gris marengo de suave paño de primerísima calidad.
Arturo se acercó a ella sonriente y la abrazó. Hacía unos minutos que Adela había llegado a la cafetería del aeropuerto. Lo esperaba nerviosa, deseando subir cuanto antes al Airbus que debía llevarlos a Lyon.


domingo, 6 de julio de 2014

Tres en veintiuno.

Un  fragmento del inicio del primer capítulo de TRES EN EL VEINTIUNO (novela).



El despertador del móvil reprodujo a todo volumen un corto fragmento de “Air on the G String”, la soberbia y sempiterna obra de Bach. Luego la música cesó, y el artilugio comenzó a vibrar incesantemente repitiendo interminables tandas de ruidosos golpeteos, mientras serpenteaba desbocado por la superficie acristalada de la mesita de noche. 
El doctor Orate Odalach, medio aturdido aún, asomó su cabeza por entre media docena de almohadas de raso blanco, e hizo un barrido de reconocimiento abriendo las orejas y girando su cabeza en redondo para intentar averiguar la procedencia de la fastidiosa barahúnda. Tras localizar la fuente de su desvelo, y reponerse del sobresalto, frunció el ceño malhumorado y alargó el brazo para acallar los monótonos cencerreos del cargante artilugio. 
Exactamente cuatro milisegundos más tarde, sus párpados cayeron pesadamente cual dos muros de hormigón arrojados desde lo alto de un edificio, y volvió a quedarse profundamente dormido mientras un hilillo de saliva, que escapaba sigiloso por entre la comisura de sus labios, se abría camino hacia las sábanas de raso blanco serpenteando entre los pelos de su barba. 


miércoles, 11 de junio de 2014

lunes, 9 de junio de 2014

Tejeduría de lux.

Breve fragmento del primer capítulo de mi novela en ciernes: TEJEDURÍA DE LUX.


CAPÍTULO I

Tocaba a su fin la primavera de mil novecientos nueve, cuando nació Agapito, fruto del amor, inefable, por cierto, para casi todos los que conocían bien a sus progenitores, entre Agustina Ponte Abajo, hija única del fundador de la compañía zapatera Opa-Denguno, y Casimiro Mira Salido, un clérigo salmantino arrepentido, que abandonó los hábitos súbitamente por amor a ella, yendo a casarse, en primeras nupcias, claro, pues era cura entonces, con aquella zurumbática y, mire usted por donde, sin embargo adinerada mujer.

viernes, 6 de junio de 2014

Diálogos. Ceres y Nicomedes II.

Dime al punto Nicomedes,
tú que mucho las conoces, 
qué opinas de las mujeres
con respecto de los hombres.

miércoles, 4 de junio de 2014

Diálogos. Ceres y Nicomedes. I

Queridisimo amigo, mi admirado Ceres,
dime tú, que tan sabio eres,
de la vida de las gentes qué prefieres:
¿pelo negro o blancas sienes?,
¿seres legos u omniscientes?,
¿farra, ruido o días silentes?,
¿garra y brío o mar de aceites?

sábado, 17 de mayo de 2014

Música... es




CUANDO EL MURMULLO SE ACABA Y SE HACE POR FIN EL SILENCIO.
CUANDO LAS LUCES SE APAGAN Y UN FOCO COMIENZA A BRILLAR.
CUANDO LAS NOTAS DE UN PIANO ACARICIAN EL AIRE FLUYENDO.
CUANDO LA MÚSICA INUNDA MI MUNDO Y EL TUYO ¡YO QUIERO CANTAR!

viernes, 16 de mayo de 2014

Los vagabundos

Fragmento de <Los Vagabundos>; novela en ciernes, aún pendiente del soplo de los hados, y de mi determinación, para ser acabada.

.../...

El General, que no dejaba de bostezar, insinuó a sus amigos que ya iba siendo hora de dormir.
-Ha sido un día muy largo, deberíamos preparar ya un catre para acostarnos.
Inmediatamente los tres hombres dieron por terminada la conversación. Sacaron de la habitación trastera unos tapices de algodón de grandes dimensiones y apilaron varios de ellos a modo de colchón, dejando otro encima para cubrirse.
-Creo que aquí dormiremos estupendamente, ¿no os parece?- dijo Tino.
-De acuerdo. Pero yo me colocaré en medio de vosotros dos. Y por supuesto la luz se quedará encendida toda la noche- Advirtió Lázaro.
-Como quieras General- Respondió Tino.
Goliat gritó malhumorado. –Eh, General, yo no puedo dormir con la luz encendida. Lo siento pero tendremos que apagarla, si no no pegaré ojo.
-De eso nada grandullón, la luz se quedará encendida. 
-Por Dios Lázaro, eres tan cobarde como un niño pequeño. Parece mentira que hayas sido militar.
-Mira gordinflón, tengo más valor del que tu puedas imaginar y no me da miedo nada ni nadie... excepto los cementerios y las iglesias. Es verdad que por nada del mundo dormiría en un cementerio, y pensaba que jamás lo haría en una iglesia, y… ¡Mira tú por dónde…¡, todo por tu maldita culpa.

jueves, 15 de mayo de 2014

Retales de mi infancia


EL SUBMARINO

Aquella tarde, como casi todas a mis doce años de edad, había quedado con mi buen amigo Paco, el enterrador lo llamaba yo, porque le dio durante una larga temporada por acompañar a todos y cada uno de los entierros que se oficiaban en nuestro pueblo. No importaba si el finado era joven o viejo, hombre o mujer, rico o pobre, gitano o payo..., en cuanto las campanas de alguna de las dos iglesias del pueblo tañían su melodía de triste y pausada cadencia llamando a sepelio, Paco aparecía en el portal de mi casa, compeliéndome a que le acompañara en aquel místico acto de caridad. 
A pesar de que muchas veces no nos unía ninguna relación con el difunto; y en la mayoría de las ocasiones ni siquiera con ninguno de sus familiares más alejados, ambos, él libremente, y yo constreñido por él, nos presentábamos en el domicilio donde se había producido el óbito, y con pasmosa diligencia atravesábamos estancia tras estancia; Paco erguido y solemne; yo tras él, abochornado y rojo como la grana, pegado a su espalda en un vano intento de pasar desapercibido bajo decenas de miradas lánguidas y compungidas, hasta llegar junto al cuerpo exánime donde, de pie, permanecíamos los dos en silencio.

lunes, 12 de mayo de 2014

Cuando me haya ido.





ESPÉRAME JUNTO AL MAR, MI AMOR,
ESTA NOCHE Y TODAS.
ESPÉRAME JUNTO AL MAR, MI FLOR,
DONDE SALPICAN LAS OLAS.

domingo, 11 de mayo de 2014

La creación del hombre.

IDEA PRÍSTINA DEL CREADOR

Espejismo.


CAPÍTULO I.

          Assrraakk dijo: Quisiera saber todo sobre ti; puedo aprender la lógica que empleas en tus razonamientos, puedo intuir los miles de conceptos que emergen de tu pensamiento, pero aún no soy capaz de enlazarlos completamente en estructuras comprensibles para mí. 
Comprendo y puedo utilizar los términos fonéticos que utilizas. También la interpretación que haces de tu propia realidad. Pero entiende que nunca antes he imaginado nada parecido. He de hacerte muchas preguntas cuyas respuestas servirán para enseñarme a sentir y ser lo que tú eres y cómo existes en tu dimensión.
          - Puedes preguntarme lo que quieras y te responderé con agrado. ¡Adelante!

Las gallinas de mi pueblo.



Sábado por la tarde. Las gallinas caminan raudas, meneando sus grandes panderos al son de las campanadas.
Oyeron el primero, que fue toque de aviso. El segundo, que lo fue de confirmación, hizo que revolotearan impacientes y nerviosas. Y, como remate inapelable, está sonando ya la tercera serie de pastosas campanadas; la misma que, de forma inexorable, proclama el último aviso para el evento.
Las gallinas saben que con ellas, o sin ellas, inapelablemente, en cuanto el último tañido deje de oírse, dará comienzo el ritual, así que, el inicio del tercer toque viene a ser como la espoleta detonante de una bomba que las impeliera a abandonar sus gallineros y a precipitarse calle arriba, o calle abajo, que según el barrio del que procedan así habrán de subir o bajar, para llegar hasta la pedrera, a la que acuden siempre disfrazadas. Tanto se transforman para asistir al evento que, algunas, aún siéndome incluso demasiado familiares vistas de lejos, así, embadurnadas de polvos y aceites sutiles, delicados pigmentos de colores y humores destilados de flores prensadas, me resultan desconocidas.